La economía del bienestar
Primero, la mirada convencional: de dónde venimos
La economía como
disciplina ha sido conceptualizada como el manejo de los recursos con criterios
de escasez. Las implicaciones culturales de dicho concepto son la constitución
de la mentalidad de la escasez, y esta mentalidad a su vez abona a la visión
egocéntrica que conllevan a la cultura de la competencia, el conflicto, el
miedo y la guerra. Si consideramos que los recursos son escasos, esto nos lleva
a constituir la idea de que debemos pelear y competir por dichos pocos
recursos, en el que sobrevive el más fuerte y apto. Contrario a lo que muchos
creen, considerar que los recursos son escasos no nos ha llevado a cuidarlos;
por el contrario, lo que observamos en el mundo es un derroche, la contaminación
del plantea, la guerra por las riquezas materiales, entre otros muchos
elementos.
No existe la
objetividad
La realidad es muy
distinta a la que se plantea en la economía convencional; y si comprendemos que
el mundo solo puede ser interpretado por el ser humano, es decir, que es
imposible tener una visión absolutamente objetiva de la realidad,
comprenderemos que dependiendo del lugar desde donde observamos, se configura,
produce y genera la realidad en la que vivimos.
Muchas culturas
ancestrales han tenido la certeza de que solo podemos interpretar el mundo.
Así, por ejemplo, en el orientalismo es común el desarrollo de conceptos como
el maya o ilusión, en la que se considera a la percepción de la realidad
un estado ilusorio. En Occidente, Platón planteaba que la realidad era una
proyección deformada de una realidad superior perfecta (topus uranus o
mundo de las ideas). Para el budismo, una corriente más bien psicológica, la
realidad es movimiento, es impermanencia, y una de las causas del sufrimiento humano
es la de apegarse a las realidades ilusorias que aparentan ser permanentes.
Volviendo a la antigüedad occidental, el filósofo griego Heráclito, mucho antes
de Platón, utilizó la poderosa metáfora de la realidad y el río, que siempre
cambia, nunca es la misma agua, así como la persona que nunca es la misma cada
vez que se sumerge en el río; de manera que todo cambia constantemente. El
taoísmo del mundo oriental, también concibe a la realidad como constante
cambio, y a la razón humana como incapaz de abarcar la realidad que en esencia
es inabarcable.
Todo es mente
En las leyes
herméticas, cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, la primera de las
leyes es la del mentalismo; es decir, que todo es mente. Desde esta
certeza, se comprende que dependiendo de lo que se construya en la mente y en
la cultura de una sociedad, el humano y el colectivo percibe una realidad
determinada por dichos principios lógicos y epistémicos. Así, un antiguo
proverbio indio dice: “Si adentro no hay odio, afuera no encontrarás
enemigos”.
De las miradas
ancestrales a las contemporáneas
Al principio del
siglo XX, la física cuántica rompió con las certezas establecidas en las leyes
newtonianas, acercando las ciencias a visiones ancestrales, al punto que el
físico Fritjof Capra escribió el best seller: El Tao de la física
en la década de los 70, libro en el cual plantea los paralelismos de las
visiones de las antiguas tradiciones místicas con las conclusiones a las que
llegaba la física cuántica.
La relatividad
de la realidad
Actualmente
existen muchas corrientes científicas, humanísticas y populares, en las que se
concibe la relatividad con la que se comprende el mundo así como la incapacidad
humana de observar la realidad en su totalidad, ya que es compleja e inabarcable
por esencia. Sólo es posible ver fragmentos de la realidad, y estos dependerán
de la historia personal, familiar, comunitaria, societal y cultural en la que
el observador esté inmerso. En la India también hay una hermosa metáfora, en la
que se plantea que la Verdad es como un elefante, y que nosotros somos como
ciegos que según lo que tocamos describimos la realidad: para unos será una
trompa, para otros, será una cola, para otros una oreja, y así sucesivamente.
La Programación
Neuro Lingüística (PNL) plantea que el individuo se programa como una
computadora muy compleja a través de la palabra, por lo tanto se hace un
importante esfuerzo para constituir una forma de expresión lingüística que
brinde al individuo una actitud y herramientas ante la vida, que le generen
bienestar. Otras corrientes contemporáneas, apuntan a trabajar además de la
palabra, el cuerpo (postura, gesto, entre otros), el espacio (orden, higiene,
ubicación del cuerpo frente a los otros) y las emociones.
Desde lo
biológico todo es interpretación
El famoso y
respetado biólogo, educador y filósofo chileno Humberto Maturana ha estudiado
durante años de manera experimental y descriptiva en laboratorios, la forma en
que el sistema nervioso de animales complejos funciona, y llega a la misma
conclusión: tenemos una estructura biológica nerviosa que construye e
interpreta los datos obtenidos de los sentidos; sin embargo, es imposible,
inclusive en los fenómenos más simples, ver la realidad tal cual y como es.
Siempre es un proceso interpretativo y emocional que compartimos biológicamente
y a través del lenguaje con otros seres de la misma especie.
El filósofo
francés Edgar Morin agrega otro interesante argumento: 96% del sistema nervioso
está centrado en el mundo interno; apenas el 4% está destinado a captar la
realidad externa. En tal sentido, el biólogo Bruce Lipton nos habla de la
biología de la creencia, ya que las creencias de la mente son capaces de
modificar la realidad biológica y material.
En la academia,
las corrientes hermenéuticas, interpretativas y críticas, construyen el proceso
investigativo desde la interpretación que hacen individuos y colectividades en
una realidad concreta sobre aspectos determinados. Así mismo, las corrientes
constructivistas de la educación plantean que el proceso educativo debe
construirse colectivamente de forma participativa, ya que como la realidad es
interpretativa, de lo que se trata es de redefinir el conocimiento, que a su
vez es dinámico. El pedagogo brasileño Paulo Freire lo expresaba muy bien con
el siguiente aforismo: “Nadie se educa a sí mismo, los hombres se educan entre
sí, mediados por el mundo”.
La economía como
disciplina nace en el marco de una cultura determinada, que está basada en una
visión egocentrista y de conflicto, de miedo y de guerra. Así mismo, esta
cultura homogeniza las diferentes culturas. En una primera instancia lo hace de
forma violenta (conquistando territorios y culturas) y en el mundo actual, lo hace
a través de una intensa propaganda con la que se moldean los gustos, visiones
formas de producir, distribuir, transformar, vivir, entre otros.
El
maltusianismo dominante y su deformación de la realidad
Un ejemplo
interesante se evidencia con la mirada maltusiana. Tomas Malthus fue un inglés
muy influyente que en el siglo XIX, en el contexto del imperio Británico,
aseguró y calculó que la población crecía de forma geométrica, mientras que la
capacidad humana de producir alimentos crecía de forma aritmética; por lo que
vaticinó que en pocos años habrían grandes hambrunas. Esta visión está
sumamente instaurada en el discurso ecologista, así como en las organizaciones
internacionales, los estados y centros educativos que se relacionan con lo
alimentario y productivo, generando una postura cuyo enfoque está dirigido a la
producción.
La realidad no
es tan terrible como creemos
A pesar de esto,
en la actualidad, la humanidad produce alimentos para tres veces la población
mundial; aunque unas mil millones de personas, de las siete mil millos que
existen, pasan hambre. Es decir que el origen del hambre no es la falta de
producción, sino, por el contrario, la distribución y los altos precios de los
alimentos, como lo aseguran organizaciones internacionales como Food First,
Vía campesina, voceros de la Organización Mundial para la Agricultura y la
Alimentación (FAO por sus siglas en inglés), entre otras. A pesar de que la
realidad es esta, en el discurso dominante de gobiernos y técnicos, se sigue
planteando el problema de la producción, invisibilizando el problema de la
distribución y los precios en el marco de una economía especulativa.
Así, la cultura
del miedo y de la guerra instaura una psicosis de guerra. El educador educa
desde el miedo; lo propio hace el médico que trata de impulsar cambios desde el
temor instaurado; el mercadeo trata de convencer a la ciudadanía de la
necesidad de muchos productos a través del temor a no tenerlos, o del temor a
la enfermedad y la muerte (como es el caso de las farmacéuticas), o tener bajo
estatus social.
Etapa de
transición
A pesar de lo
antes planteado, la realidad es que hoy más que nunca, se producen alimentos en
el planeta; así mismo, cada vez más personas tienen acceso a la educación y a
la información a través de las tecnologías de la comunicación. Emergen visiones
alternativas por todos los rincones del planeta; la humanidad despierta de un
gran sueño tecnócrata. Desde lo local, la gente se organiza para solventar sus
problemas, y a su vez, estas organizaciones locales tienen herramientas
disponibles para interconectarse en todo el mundo. Todo esto nos apunta a un
mundo en constante transformación, en la que la ciudadanía despierta y se
humaniza de manera inevitable e indetenible. Muchas tecnologías permiten a cada
vez más personas, facilitar el trabajo que garantizan las necesidades básicas y
materiales de la ciudadanía. El tema es que, inclusive, muchas personas con
buenas intenciones, se mantienen en la cultura del miedo y de la guerra, de la
escasez y de la lucha, por lo que sólo ven lo negativo.
Cambiar la
cultura y la mentalidad
El contexto antes
dibujado, nos lleva a concluir que necesitamos nuevas formas de entender el
mundo desde algunos principios que esbozamos a continuación:
1.-Visión
crítica pero esperanzadora:
Es necesario consolidar y expandir la
visión crítica, que permite comprender y develar la realidad oculta, inclusive
lo relacionado al poder desde lo político y económico. Sin embargo, los
militantes políticos generan un discurso tan catastrofista con el afán de
denunciar a los poderes, que se enfocan en la tragedia, en la maldad, en la
guerra, invisibilizando los logros de la humanidad y los avances. Esta mirada
no puede ser catastrofista; debe ser esperanzadora. Sin esperanza, se
inmoviliza a la ciudadanía se genera la victimización tan dañina, la
desesperanza.
2.-Diversidad
cultural y biodiversidad: Para que
podamos ver la abundancia del mundo, debemos valorar la diversidad cultural. Si
hay diversidad de formas de vida en lo humano, no todos buscaremos los mismos
recursos, ni tendremos las mismas necesidades; de lo que se trata es que cada
cultura ancestral, que ha aprendido a aprovechar los recursos locales, enseñe a
la cultura planetaria de sus saberes, por lo que debemos respetarlos,
estudiarlos, escucharlos y promoverlos.
Por otra parte,
reconocer la biodiversidad nos garantizan una gran cantidad de recursos
disponibles de forma equilibrada; por lo tanto, el aprovechamiento de los
recursos no pueden ser de forma predadora; por el contrario, la humanidad
tienen hoy más conciencia que nunca del impacto de la llamada huella ecológica,
y cuenta con investigadores y tecnologías apropiadas, con la que se pueden
aprovechar los recursos naturales sin devastarlos ni irrumpir tan agresivamente
con los equilibrios naturales.
3.-Nuevas
formas de economía desde la solidaridad y complementariedad. El sabio y místico Dr. Serge Raynaud de la Ferriere,
planteaba que la cultura dominante ha generado una psicosis de guerra, por lo
que se hace necesario crear más bien una psicosis de paz. Se hace necesario
entonces sustituir la mentalidad de la escasez, el conflicto, el egocentrismo y
la guerra, por la nueva y a la vez ancestral mirada de la abundancia, la
solidaridad y complementariedad, el biocentrismo (la vida centrada en la
naturaleza) lo que nos lleva a la paz.
4.-Economía de
los dones y los talentos. Lo antes
planteado nos lleva a redefinir la noción de empleo y de trabajo. Para muchos
autores, el trabajo asalariado es la forma de explotación social que provino de
la esclavitud; es decir, que es una especie de mutación de un sistema económico
que se basaba en la esclavitud. Los esclavistas no abolieron el viejo sistema
por su humanismo, sino que se dieron cuenta que resultaba mucho más rentable
tener empleados que esclavos; en este sentido, el empleado es, para el místico
y economista español Emilio Carrillo, un esclavo integral. El esclavo integral
cree ser libre; pero no puede desarrollar libremente sus dones y talentos. Por
ello, Emilio Carrillo plantea una nueva economía basada en el emprendimiento, y
en organizaciones productivas basados en la economía local, que permite
desarrollar a los asociados (no empleados) sus dones y talentos. Esto se
constituiría en la base económica de la economía del bienestar y de la nueva
era por venir.
La economía del
bienestar
El concepto de
economía del bienestar ha surgido de la mano de dos emprendimientos caraqueños:
Rednaser y Donde Sabas Nieves. En las jornadas creativas, el
psicólogo y emprendedor Jesús Sánchez acuñó el término sin saber que en otras
latitudes se ha trabajado el concepto. Acá podemos avanzar en una definición
propia:
La economía del
bienestar es el manejo de los recursos con criterios materiales y espirituales
de abundancia, diversidad, solidaridad y paz, con la que, desde el
emprendimiento, se conforma un tejido dinámico, vivo, cambiante, participativo
y democrático, cuyo fin es el bienestar de la sociedad desde las economías
locales así como el desarrollo del Ser desde los dones y talentos de los involucrados.




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